miércoles, 27 de enero de 2016

teoria del movimiento perpetuo (bendito aburrimiento)



¿Os imagináis dentro de un terremoto? O arrastrados por la corriente de un rio, o sufrir un huracán.
Vivimos dentro de turbulencias de una forma constante, se nos mueve el suelo bajo los pies, pero no nos sorprende ni nos  da miedo porque nos han acostumbrado a ello.
El constante movimiento es necesario, porque sin turbulencias –sin el agua turbia- sería muy fácil saber quién es el asesino; como nos mataron y donde está el dinero.
 Así, es necesario que nos aturullen con polémicas que nunca supuran, se concatenan con otras o se disipan si hay suerte. Es necesario que nos saturen con datos intrascendentes, con modas y detalles, muchos detalles. Hay que saber hasta el último detalle de la intrascendencia de turno, es crucial para que lo podamos olvidar como es debido. Es importante que tenamos un tema de conversación banal (pero encendido) porque de lo contrario ¿Qué sería de nosotros? ¿Qué haríamos? ¿Pensar? Venga hombre!!   Se trata que seamos consumidores, no ciudadanos.
  Es necesario el constante movimiento, que los datos tapen la información. Que nada repose lo suficiente, pues de lo contrario –con reposo- podríamos necesitar ordenar las ideas, crear un criterio. Es mejor tener una opinión, hágame caso.
 Una opinión desechable, eso sí. Que no moleste ni ocupe lugar en la psique. Tan solo una opinión; bonita y que encaje en el grupo al que pertenecemos, eso sí.
Generando movimiento nada permanece, a nada se le coge cariño y nada merece la pena.  Mejor una opinión rápida, nada permanente. Nada de luto porque no ha dado tiempo a tenerle apego. Seamos honestos; si la opinión ni era nuestra. Se la cogimos a algún profeta del miedo, lider de enfrentamientos populares y padrastro de opiniones.

La censura hoy es una sobrecarga de datos inútiles, que tape lo relevante. Los militares llaman a esto Violencia de acción; aturullar al rival con tanta acción –y miedo- que no tenga tiempo de pensar, y ante la descoordinación huya. Eso es nuestra sociedad, un conjunto de leva que huye despavorido a no se sabe dónde.

 Una de las (pocas) cosas buenas que tengo en que tiendo a no tocar el suelo, vivo alejado de esa cosa turbia que algunos llaman actualidad. Me ahorro muchas intoxicaciones y cuando algo me interesa ya ha reposado un tiempo. La parte más volátil ha caído al suelo y me deja ver el marco teórico de una forma más sosegada.
De mozo –diría adolescente, pero no estoy seguro aún de llamarme adulto, asi que mozo es más preciso- me aficioné a leer. Leía todo lo que caía en mis manos; aprendí a disparar; montar chismes y salí de casa para conocer la vida. Todo por aburrimiento.
El aburimiento es necesario. Es algo que se escatima a nuestros niños; se los satura de tareas, videojuegos y ocio. No cabe el aburrimiento.
Sin aburrimiento no hay reposo. En la vorágine todo se devora y no se saborea.
No hay tiempo para ver las cosas de otra manera, no hay tiempo para buscar nuevos caminos. No hay tiempo para cribar lo importante de lo urgente. No se piensa, se nos obliga a huir del aburrimiento.
Huimos, pero ¿hacia dónde?


Esta actualidad ruidosa resultaría tan solo molesta sino fuera por la información que nos escatiman, y sin información no podemos tomar buenas decisiones. Y mira que la solución es fácil: Que los expertos cobren por aciertos, nos quitariamos a los profetas del miedo y a los perros que ladran mentiras.

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